8 jun 2015

CITA A CIEGAS

Cuando Freud puso el anuncio en el periódico buscando compañía femenina de fin de semana, no pensó ni por un momento que pudiera llamarle alguien con el físico de Nieves Perrero. Ni por supues­to alguien con la inteligencia de Isabel Gemidos. Pero si le llamó Patri­cia Gómez. Guapa, inteligente, multimillonaria, con coche nuevo y una sonrisa que abarcaba gran parte de su simétrico rostro. Así se retrató por teléfono la mujer que volvería loco al demente de Freud.


Había quedado con ella en el bar de Partenón, a unas dos millas de Pantano Seco.
Como de costumbre llegó tarde, aunque en aquella ocasión lo hizo adrede para poder darse el piro si no le gustaba lo que allí había. Pero lo que allí había era la tía mas buena que Freud había visto en su vida.
Se acercó temblando a la mesa que ocupaba Patricia, junto a la ven­tana, y saludó con una especie de gruñido que ella interpretó como un "hola", al que correspondió con una bajada de pestanas.   
Torpemente pidió al camarero dos horchatas on the rocks, y la cuen­ta, por favor, que hay prisa.
Patricia se presentó ofreciendo su sonrosada mejilla a los húmedos labios de Freud. Freud secó sus labios de lado a lado y se abalanzó sobre ella con tantas ansias que, las bebidas, la mesa, algunas sillas y ellos dos también; fueron a caer al suelo formando tal alboroto que el dueño del local, Anthony, tuvo que llamarles la atención con una escopeta de cánones recortados.
Entre disculpas y risas, Freud ayudó a levantarse a Patricia esperan­do una bofetada de un momento a otro. Pero no fue así, Patricia rio de mala gana la torpeza de Freud e incluso se cagó en su padre, pero nunca llegó a la agresión física.
Una hora más tarde estaban en casa de Patricia. Ella preparaba unos huevos revueltos en la cocina. Él la observaba por detrás. Observaba sus curvas, sus movimientos de culo, el nudo del delantal; y se imagi­naba como caería cuando él lo desanudase. Se veía así mismo subiéndole  la falda y acariciando sus prietas nalgas. De repente ella  se dio la vuelta con la con la cuchara en la mano, y preguntó presurosa:
-¿Quieres probarlo?
Floyd tenia orbitas llenas  de espumarajos y sus ojos se le salían de las órbitas ensangrentados.
 -iSiiiiiii! – dijo exorbitado, abalanzándose sobre ella.
 Patricia no tuvo tiempo de poner el mantel, ni de servir el vino, ni de cenar,  vamos ni de algo de romanticismo preliminar, ni de quitarse las bragas. No tuvo tiempo ni de decirle que su marido, que era campeón de judo de más de 90 kilos, acababa de entrar por la puerta.



Freud no tenía ni idea de judo, y así le fue: 7 costillas rotas, traumatismo cráneo-encefálico, y magulladuras varias.
 Un mes más tarde del altercado, cuando Freud ya había salido del  coma, Patricia fue a visitarle al hospital donde se recuperaba de sus múltiples heridas. Quería saber que sería para ambos, y sobre todo para él, olvidarse de su aventura.
Mientras hablaba se paseaba por delante de la ventana, dejando entrever sus moreneces tras el traje semitransparente de seda salvaje saharaui de color carmesí.
Freud no podía apartar su vista de aquel volcán de pasiones que era el cuerpo de Patricia. Ni siquiera la oía. Desde que ella entró por la puerta, empezó a babear y sudar. A cada movimiento de ella, su cuerpo temblaba y se convulsionaba, cosas del post-coma. Patricia, absorta en su discurso, tuvo la insensatez de asomarse por la ventana. Su culo se empinó un poco y la silueta de corazón que dibujó terminó por enloquecer a Freud, que , pese a tener cordajes y escayolas por todo el cuerpo, logró incorporarse sobre la cama y, dando un bote en el colchón como si fuera un trampolín, saltó cual felino en busca de su presa. Patricia en ese momento se agachó para coger el bolso que se le había caído de las manos, cuando oyó un grito aterrador que la dejó medio sorda. Rápidamente miró por la ventana para ver como Freud se estampaba contra el adoquinado de mala manera. Salió corriendo las escaleras abajo preocupada por su casi amante. Cuando llegó, Freud pataleaba moribundo. Le recostó en su regazo y le dio un apasionado beso en los labios. Freud, que ya le había echado mano a una teta, intentó decir algo, pero un coágulo de sangre intestinal que le asomó a la boca en ese momento, se lo impidió. 



Murió con una media sonrisa en sus labios, fruncidos en una mueca de placer, en medio de humedad y algo de sangre.
Patricia, destrozada por la experiencia, no volvió a contestar a ningún anuncio de contactos…mientras su marido estuviera en casa.

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