21 dic 2014

CASTILLO DE CORCHO Y VENTANAS DE PAPEL DE CELOFÁN ROJO




Era de esas personas que odiaba la Navidad. Seguramente no tuvo una infancia muy feliz. 

Le enseñaron que la Noche Buena no era buena, era triste por las ausencias, nadie se alegraba por los que sí estaban allí.

El único buen recuerdo que guardaba era la visión del castillo de los Reyes Magos, al fondo, en la lejanía de aquél Belén que todos los años montaban en su casa. Castillo de corcho y ventanas de papel de celofán rojo, como si dentro brillase la luz. 
Se pasaba horas mirando aquél paisaje de musgo y barro, de agua plateada y caminos de piedrecitas. Imaginaba el viaje, y miles de historias que le alejaban de lo que le rodeaba. 
Creció, y casualidades de la vida el periodo navideño se amplió a 33 días. Aniversarios, cumpleaños y fiestas de guardar confluían inexorablemente todos los años en 33 días. Encajaba la alegría con la tristeza más profunda en esos 33 días.
Balances de todo tipo, lo que falta, lo que sobra, el paso del tiempo…todo rodeado de luces y espumillón. 
Semejante vaivén emocional no podía llevar a nada bueno y tomó una decisión. 
Decidió no celebrar días concretos, decidió celebrar todos los días. Todos los días podían ser Navidad, buenos para regalar buenos deseos. 
Rescató del olvido las historias que un día imaginó y ahí anda, viviendo, encontrando luces de colores en cientos de miradas, adornando el día a día con estrellas y guirnaldas de colores.
Y cuando la tristeza asoma, testaruda, en estas fechas, la invita a su fiesta cotidiana, la sienta a su mesa y le agasaja con tartas, bombones y turrón de mazapán.

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