22 may 2014

SI ALGO SOBREVIVE A LA DESTRUCCIÓN



Contó treinta y seis botellas de cerveza vacías, perfectamente alineadas, a un lado de la encimera de la cocina que formaban un pequeño batallón ambarino con sus uniformes de gala multicolor. Junto a estos, como una tropa rival desorganizada y caótica, envases vacíos de yogur, un cenicero a rebosar, una lata abierta con los restos de alguna comida y algunos vasos de plástico naranja donde la cerveza se había ido secando y formaba placas de aspecto lacado a las que acudían las moscas pequeñitas que aparecen en los primeros días de calor.



―¿No deberías limpiar esto un poco?
―No veo por qué.
―Tío, es asqueroso, ¿no ves todos esos bichos? Si dejas eso ahíllegarán cada vez más.
―Me divierten los bichos. Los observo moverse de un lado a otro, eligiendo donde quieren morir pegados. La mayoría elige la cerveza.
―A veces no hay quien te aguante.
―Ya.
―Te hablo en serio, me irritas. A veces eres ingenioso y divertido. Casi brillante, cuando estás de buen humor. Por momentos te veo crecer, rellenar los espacios y provocar risas en todos. Pero luego llego aquíy estás siempre envuelto en esa nube de humo que te acompaña, como si quisieras ocultarte para que no sepa en quépiensas. No es fácil.
―¿Ves todos esos vasos de plástico? Los compró mi hermana un fin de semana que trajo a los niños. Antes tenía vasos de cristal, pero entonces ella trajo estos. Los empecéa usar cuando se rompieron todos los demás y ahí siguen. La mayor parte del tiempo hago eso. Observar si algo sobrevive  la destrucción.
―Lo único que haces todo el rato es gruñirle a la gente que se preocupa por ti, como tu madre. Tratas fatal a tu madre.
―Los perros también gruñen todo el rato, y la gente los alimenta y acaricia. No me des lecciones.
―Al menos son cariñosos  y leales.
―Vale, punto para el perro.



Había entrado un pequeño geco por la ventana. Se paró un instante a evaluar el  riesgo  y siguiórecto por la moldura del techo hasta la cocina. No le interesaba la cerveza, aunque a su manera iba a aprovecharla. De alguna manera, la escena le dio hambre a Miguel.



―¡Que te den por culo, Miguel!
―Patri...


           ―¡No! Ahora me vas a oír. Eres un cabrón, de la peor especie, primero te ganas el cariño de la gente y luego pretendes vivir de las rentas. Y cuando me presento aquí, a echarte una mano, te comportas como un gilipollas. Me haces sentir estúpida con todas esas respuestas incoherentes, creyéndote mejor que yo.

El Geco se estaba dando un festín. A Miguel le parecía fascinante verlo relampaguear por la pared mientras atrapaba una mosca tras otra. Pensó en decir algo amable para relajar la situación y salir con cualquier excusa. Aquella estancia era opresiva con todo aquel calor, y la persiana apenas dejaba pasar luz desde que se rompióel cable y cada lama liberada adoptóla postura que quiso. Patri había comenzado a llorar por el estrés de la discusión.



―Me voy, Miguel. Estoy harta. De ti, de que me hables mal y de tu puta frialdad.
―Patri… no des un portazo al salir, te lo ruego.



Abyecto era una palabra demasiado culta para lo que sentía. Miserable, o simplemente gilipollas, le cuadraban más. Siempre cabía esa posibilidad, y era consciente de ello. Él siempre había pensado que la mayoría de personas que se decían inadaptados, no eran más que gilipollas indulgentes con su estupidez. Tenía una sed horrible.



En el cuarto de baño, la araña de patas largas no le devolvió el saludo, pero no se lo tuvo en cuenta. Siempre había admirado esa cualidad de independencia, de respeto mutuo por los ánimos respectivos, que demostraban los bichos. A aquella araña no le importaba si él estaba enfadado, triste, o acababan de subirle el sueldo, ni le reprochaba nada.



En el bar no le notaron nada distinto y, por un momento, llegóa pensar que los    camareros se parecían sospechosamente a la araña del baño ―debía encontrar el resto de sus  patas.


También pensó en llamar a Patricia para disculparse por su mala educación, pero no estaba seguro de poder ofrecerle algo mejor en ese momento. Así que bebió, maldiciendo su estupidez cada vez que sentía la suavidad del vidrio húmedo por la condensación. Le hubiese gustado sentir la suavidad de la espalda y el culo de la chica. Tal vez, echar un polvo. Un descanso, al menos un rato agradable.



Le picóun mosquito y se sintió indiferente. Ya se moriría infectado con la sangre ingerida  y, de todas formas, las bacterias ya habrían penetrado en la piel, así que lo dejósatisfacerse. 



Deseaba la Paz. Deseaba que alguien entendiese, de una vez, que era vulnerable, que no sabía nada y que es mentira que los burros aprendan a palos. Deseaba no tener que pedirlo. Deseaba un día sin hacerse preguntas.



Aún tuvo tiempo de comprar otra botella de cerveza de camino a casa. Como bebedor habitual no buscaba la embriaguez, sino el efecto ansiolítico del alcohol. Forcejeó con la puerta  hinchada por el calor y la humedad. El geco ya se había marchado.


Tampoco había vasos limpios, así que agarró uno para fregarlo y vio que una cucaracha se había ahogado allí. Apestaba a muerte y cañerías. Le dio asco. Se dio asco.



―Vaya mierda de metáfora para una catarsis ― pensó mientras tiraba cerveza, cucaracha y  vaso, todo junto  a la basura, con ganas de dejarse caer él  también adentro a vomitar la fiesta.


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