5 may 2014

Yuri y el héroe analfabeto



Pedro es oficialmente analfabeto, y este hecho resultó ser el punto de inflexión de la historia -real- que quiero contarles.

Como mi propio padre, Pedro pertenece a esa generación que se crió en la posguerra, un tiempo en el que tantos, obligados por las circunstancias, apenas aprendían a leer, escribir, y cuatro rudimentos matemáticos antes de que los sacasen de la escuela para trabajar, y colaborar así en el mantenimiento de la familia.

En la madurez, con sus hijos estudiando fuera, sentía que había poco ruido en su casa.


Le denegaron la adopción. Al parecer, uno de los requisitos para adoptar un niño en China es tener el certificado de estudios primarios, y a ver cómo le explicas al funcionario que has criado a tres hijos, que el mayor completó su carrera de arquitectura y los menores cursan las suyas respectivas, y que tú te sientes joven y con ilusión para educar a otro. Podrías, pero para qué, son estrictos y son sus reglas.
Hizo amago de rendirse. Sin embargo, su hijo, el mayor, retomó las gestiones. Tras darle muchas vueltas, consiguió que aceptasen la solicitud en una de las antiguas repúblicas soviéticas y unos meses después viajaron hasta allí para visitar el orfanato y cerrar la adopción.


Aquella fue una noche larga. Nadie hubiese podido reprocharles nada de haber tomado una decisión distinta. A fin de cuentas, les movía la mejor de las intenciones, y un niño enfermo, a esas alturas, requería un sacrificio enorme.

 
No fue el caso. Vieron a Yuri durante la visita al orfanato, y por más que quisiesen razonar aquella noche, ambos sabían que no podrían escoger a otro. Por el simple motivo de que él necesitaba de ellos más que cualquier otro niño. Inerte, desnutrido, infinitamente vulnerable.
Yuri había nacido con una malformación cerebral severa y era poco más que un guiñapo al que le asomaban los huesos por todos lados. Era inhumano no intentarlo, al menos.
Hasta aquí, la historia se justifica en sí misma. Pero no acaba aún.


Pedro había guardado una cantidad importante de dinero para todos los trámites, y a la postre, en aquel país de la antigua URSS, adoptar salía más barato. Además, prácticamente se saltaron todos los protocolos (no fuesen a arrepentirse) y en ese único viaje se arregló todo.
El caso es que Pedro no dejaba de pensar en lo que había visto allí, en el resto de niños, en que de todas formas ese dinero pensaba gastarlo, y no les hacia tanta falta. Y el orfanato se caía de viejo. Pensó en donar el dinero, pero no se fiaba. Pensó en contratar personalmente a alguna empresa de allí, pero de esa manera no podrían hacerse todas las reformas que aquello necesitaba. Y dio con una solución.

En agosto, cruzó Europa en dirección Este con el camión de su propia empresa de reformas cargado de ventanas, azulejos, cemento, pintura, saneamientos y todo lo que se le ocurrió que podría necesitar. Lució paredes, cambió tuberías, puso suelos, rehizo la enfermería al completo y después, regresó. Volvió al año siguiente, y al otro, hasta que sintió que aquel era un sitio digno.
No hay placas, ni fotos, ni homenajes, ni televisiones creando personajes con los que alimentar su audiencia. Yo mismo he ido recopilando esta historia a trozos, hablando con unos y otros, porque el propio Pedro no se la cuenta a nadie. Y quería contarla. Que cada uno saque sus propias conclusiones, igual que yo saqué las mías.

- ¿Me va a doler mucho?
- No te va a doler nada, Yuri. Te lo prometo!

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